Llaneros que cruzan fronteras

Carlos Solano Franco (Colombia)

Entre quienes han llevado a la música llanera a transgredir los escenarios de la clásica, la antigua o el jazz, se encuentra el bogotano Juan Carlos Contreras.

 

Juan Carlos Contreras, cuatrista colombiano, hace su presentación en concierto en la Plaza La Trinidad Getsemaní. Johana Peña/Archivo FNPI

Juan Carlos Contreras, cuatrista colombiano, hace su presentación en concierto en la Plaza La Trinidad Getsemaní. Johana Peña/Archivo FNPI

Inexpresivo, con su mirada austera clavada en el horizonte que entrevé tras el público, Juan Carlos Contreras encuentra la concentración. Luce ausente y parece estático en el escenario, excepto por sus manos, que se mueven a toda velocidad sobre un cuatro, del que extrae florituras sorprendentes.

Teje la estructura de un ‘Pajarillo’, golpe llanero que se escucha como un huracán feroz, sobre la que se despliegan sus compañeros: el clarinetista italiano Gabriel Mirabassi, que improvisa en su lenguaje de jazz y se roba las miradas con sus movimientos cantinflescos, y el joven arpista Elvis Díaz, de 18 años, que toca con tanta energía que parece querer destruir su arpa a manotazos. Llevan apenas cuatro días juntos, pero parece que se entienden de toda la vida. Y la gente observa absorta, sin palabras.

Que el público de este escenario, montado frente a la Iglesia de la Santísima Trinidad, en el barrio Getsemaní, corazón caribe de Cartagena, se emocione al escuchar versiones jazz de joropos, y que esto ocurra en el marco del Festival Internacional de Música -cuya séptima edición se centró en el barroco italiano-, es una radiografía de la disolución de las barreras entre géneros y audiencias.

En su primer recital en este festival, el pasado 7 de enero, Contreras presentó con este trío inusual de clarinete, arpa y cuatro (en algunos apartes, también incluyó la bandola llanera) sus arreglos de dos piezas venezolanas fundamentales: el joropo con el sugerente título ‘El diablo suelto’, de Heraclio Fernández, y ‘Quinta Anaúco’, de Aldemaro Romero.

“Estuve enseñándole a Mirabassi cómo eran los golpes, cómo funcionaban las melodías y las estructuras posibles. Él tiene las bases de la improvisación muy claras y nos entendimos inmediatamente -comenta Contreras-. Con Elvis, trabajamos con un arpista de academia para que él desarrollara las posibilidades de esa improvisación, y la idea es que ellos se luzcan”.

Más allá de buscar el virtuosismo en el cuatro, Contreras suele escarbar en las raíces del instrumento en la música llanera. Incluso, en los sonidos previos a la música colombiana en sí misma, en grupos que ha integrado a lo largo de la última década, como Ensamble Sinsonte, Cuatro cuerdas o Como era en un principio. Su manera de ser transgresor es, paradójicamente, yendo hacia atrás, mirando al pasado.

Antiguos pero no santo

No es la primera vez que Contreras sacude al público. Cuando fue con Como era en un principio al tradicional Festival de Música Antigua de Villa de Leyva, en marzo de 2012, escandalizaron con su propuesta: unieron la voz de una soprano y una guitarra barroca con los instrumentos llaneros, en una puesta en escena que les permitía hasta reírse de sus propias interpretaciones y dialogar con el público.

Elvis Díaz, músico colombiano, durante el concierto con Juan Carlos Contreras en la Plaza de la Trinidad. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Elvis Díaz, músico colombiano, durante el concierto con Juan Carlos Contreras en la Plaza de la Trinidad. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Algunos asistentes no toleraron ese ‘atrevimiento histórico’ y, cuando el concierto finalizó, solicitaron a los organizadores del festival “no dañar lo que habían logrado con grupos como este”.

Pero Como era en un principio recreaba a su manera algo que ocurrió en las entrañas de la época de la Colonia: cuando los instrumentos que trajeron los misioneros desde Europa para impartir la religión católica se mezclaron con las fiestas que los nativos hacían a escondidas en sus casas. Servían para la liturgia tanto como para lo pagano. Los plectros se convirtieron en bandolas, y las guitarras, en tiples.

Es parte de la música antigua que se produjo en Suramérica, pero que por su carácter popular, indígena, terminó siendo solo una anécdota folclórica en los libros de historia. Solo hasta hace poco, era vista con desdén frente a la música barroca.

“Obviamente a los ‘fictos’ (como llama Contreras a los amantes de la música antigua o ‘ficta’) no les cae bien la propuesta porque muchos tienen una visión muy cuadrada de la música, es no entender que había música en esa época que era de fiesta, o de despecho como hay hoy, de jolgorio, y la gente bailaba; a los indios les llegó la música española, les enseñaron a tocarla, pero ellos la adaptaron a su forma de vivir -explica Contreras-. Hoy, la música antigua está en la academia, pero en ese entonces también existía la otra música, la del pueblo”.

En esa dirección, abanderados de la música antigua como el violagambista español Jordi Savall, con su ensamble Hespèrion XXI, ya han abierto las puertas a la música non santa de la época en América Latina, al interpretar jácaras, jarochos y danzas huastecas -de la tradición centroamericana- junto al Tembembe Ensamble, de México.

Por su parte, el director argentino Gabriel Garrido grabó durante años con el sello Los caminos del Barroco, en Francia, música que se escribió en el sur de Suramérica, en medio de esa mixtura de culturas que fue la Colonia. Un trabajo similar es el que ha desarrollado durante más de 20 años el grupo colombiano Música Ficta.

“La idea de investigar y escuchar tantas cosas para lograr esta música va ampliando el panorama y enriqueciendo nuestra forma de pensar como artistas”, reconoce Contreras.

Juan Carlos Contreras, en el cuatro, Gabriele Mirabassi, en el clarinete y Elvis Díaz en el Arpa llanera, hacen su presentación en concierto en la Plaza La Trinidad Getsemaní. Johana Peña/ Archivo FNPI

Juan Carlos Contreras, en el cuatro, Gabriele Mirabassi, en el clarinete y Elvis Díaz en el Arpa llanera, hacen su presentación en concierto en la Plaza La Trinidad Getsemaní. Johana Peña/ Archivo FNPI

Desde la música antigua hasta el otro extremo, el jazz de Sinsonte, cuenta el artista, está empapado de muchos sonidos que se le han aparecido: “Un día, el tiplista Lucas Saboyá me dijo ‘oiga, ustedes lo que tocan es rock progresivo’, y me puse a escuchar y sí, tenía algo de razón”.

Llaneros abren camino

Contreras, quien ya enseña cuatro en las escuelas de música de la Universidad Javeriana y en la ASAB, es apenas uno de los rostros en esa explosión de colores en la paleta de la música llanera, que hasta hace una década parecía atada a las tradiciones folclóricas o al mercado popular del ‘canto recio’, que dominan los legendarios Reinaldo Armas y ‘Cholo’ Valderrama. Paradójicamente, el cuatrista también ha participado como músico de sesión en sus grabaciones.

En los últimos años, un arpista criollo, Edmar Castañeda, se inventó su propio sonido en el jazz y ha tenido eco en el circuito de Nueva York, bajo la tutoría de Paquito D’Rivera; Carlos Capacho llevó el cuatro a la cátedra de jazz de la Escuela de Música de Berklee, y Bela Fleck lo ha incluido en recitales; Sinsonte editó un álbum en compañía de la arpista clásica noruega Catrin Finch, la Filarmónica de Bogotá grabó una pieza del ‘Cholo’ en la que lo acompañó Contreras, mientras el Grupo Cimarrón ya parece tener un lugar fijo en el mercado Womex de música del mundo.

“Viene una camada de cuatristas muy grande, se ha vuelto un instrumento principal en la academia (…) no tiene una trayectoria como el violín, pero ahí estará”, afirma Contreras.

Y el arpa criolla en sí también ha protagonizado su propia transgresión en este festival cartagenero, que fue fundado por un fabricante de arpas celtas, Víctor Salvi. Pese al parecido, los dos instrumentos son radicalmente diferentes en afinación y posibilidades. El joven Díaz, que empezó a despuntar como una promesa desde los 11 años, fue invitado desde la edición pasada y eso le permitió viajar a Filadelfia para tocar con Elizabeth Hainen, arpista de la Sinfónica de esa ciudad.

El llanero seguirá abriendo senderos. Ya descubrió que su jolgorio no le pertenece solo a su pueblo y que en el horizonte se avecinan amaneceres cada vez más brillantes.