En los silencios de Herta Müller

 

Ana Marcos (España)

Cartagena convierte al más gringo en un personaje caribeño. El Hay Festival, además, lo acentúa. En el vestíbulo del hotel Santa Clara una fila de escritores vestidos de blanco impoluto –guayabera y pantalón de lino, ellos; vestidos vaporosos, ellas- espera la llegada del autobús que les llevará a la fiesta de la ministra de Cultura de Colombia. La escritora Herta Müller (Nytzkydorf, Rumania, 1953) deambula por el patio interior del hotel, a contracorriente. Con camisa y pantalones negros, mochila negra y zapatos de tacón bajo, también negros, escudriña su alrededor con esa mirada gélida que parece haberse detenido en la Rumania de su juventud.

Herta Müller

Herta Müller (Rumania)en el Hotel Santa Clara. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

 

En una esquina del patio se encuentra con Philipp Boehm, su traductor al inglés, y otro amigo y, entonces sí, la Nobel de Literatura concede una sonrisa que resulta casi una exclamación en su rostro cristalino enmarcado por una melena corta que se dispara en las puntas hacia su interlocutor. Escoltada, Müller entra a formar parte del teatrillo. Su presencia en esta cita cultural que se celebra hasta hoy en Cartagena, se convierte en un recuerdo constante al pasado que aparece en sus libros. Hija de un miembro del servicio secreto rumano durante la dictadura comunista de Ceausescu -“que ha llegado a la tierra cantando canciones militares y ha dejado cementerios en el mundo”-; y una madre, alienada en la represión tras cinco años en un campo de concentración en Ucrania durante el régimen de Stalin, a principios del siglo XX. Su vida en tránsito está marcada por el azar de la historia de Europa Central en Rumania.

Müller no reconoce ningún manual o proceso creativo al enfrentar una obra, aunque encuentra en el lenguaje la realidad, que en el cara a cara es incapaz de desentrañar. “Mi niñera era el jardín de mi casa”, cuenta. Con sus padres todo el día en el trabajo y la inseguridad en el carácter, la escritora conversaba y se comía -literalmente- sus plantas en busca de aceptación social. “Esto es la soledad, soy como una hormiguita, me falta tiempo para adaptarme a la eternidad”. En la botánica y los animales construyó el universo dictatorial que le rodeaba. “Los grandes árboles de los edificios oficiales eran crueles, las flores de los funerales de funcionarios, traidoras por marchitarse tan rápido, solo me gustaban las populares, las de la gente”.

Herta Müller

Herta Müller durante un conversatorio en el Teatro Adolfo Mejía. Cartagena de Indias. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Algo similar le sucedía con los animales. “Alemania está llena de hombres-perro”, explica. “Hombres a los que les encanta mandar, dar órdenes”. Los hombres-gato, por el contrario, representan la independencia para Müller. “Dudo mucho que Hitler tuviera un gato”, ríe en una extraña mueca.

Miembro de una minoría germana de suabos, el lenguaje que usaban sus vecinos campesinos se convirtió en su particular objeto de resistencia cuando dejó el colegio para trasladarse a la ciudad a cursar bachillerato. “El dialecto era algo sospechoso que provocaba escepticismo en la sociedad”, recordó la autora de Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2010). “Pronto me di cuenta de que la lengua que rechazaba tenía una melodía, una parte poética muy interesante desde el punto de vista metafórico, aunque en ocasiones suene dura y vulgar”.

Herta Müller

Herta Müller desayunando en el Hotel Santa Clara. Álvaro Delgado/Archivo FNPI

La ciudad también le deparó el descubrimiento de las relaciones sociales.Yo siempre aprendí que el silencio es una buena forma de comunicación, con los gestos y los movimientos”, cuenta una escritora que requiere de 45 minutos para liberar sus brazos y así acompañar sus palabras. Una mujer tan reticente al contacto que ni siquiera el protocolo social que impone un festival en pleno Caribe, le redime del resoplido y la queja cuando un fotógrafo, un periodista o un fan se acercan a conversar con ella. “En nuestra casa nos comunicábamos así, sabíamos qué nos pasaba aunque no habláramos de lo que nos ocurría”, continúa. “El silencio es una gran dimensión, esencial en las dictaduras, muy importante al escribir”.

Desde que a finales de los ochenta se trasladara a Alemania, Müller escribe, habla y calla en alemán, aunque sea la lengua que durante mucho tiempo compartió por imposición con sus carceleros. “La Securitate me robó la vida durante mi juventud y me la sigue quitando en la actualidad acaparando mi tiempo con mis libros”. Tal es el afán de aquellos que intentaron acallar su voz y escritura que cuando Müller recibió el Nobel en 2010 recordó que “algunos exmiembros bromearon al decir que merecían la mitad del premio por haber contribuido a crear las obsesiones de mi mundo literario…”