El poder de la mondá

                      
Carlos Solano Franco (Colombia)

“Mija, esa es la mondá
mija, la mondá pelá”,

Ópera del Mondongo, José María Peñaranda.

“Eso es mondá”. Aún recuerdo la primera vez, muy tardía, que escuché la expresión: Sostenía una de esas conversaciones pomposas con otros melómanos sobre lo aburridos que resultaban la mayoría de los discos que Carlos Santana produjo en los años 80. Coincidíamos en que después de ‘Lotus’, de 1974, había extraviado esa salvajada latina que nos encantaba. Pero entonces uno de mis contertulios, de origen barranquillero, sentenció: “Ajá, es mondá”. No sabía si eso era bueno o malo, pero sí que mi ‘cachaquisitud’, si se le puede llamar así a esta condición, había sido violentada -¿será más acertado decir ‘penetrada’?- por una mondá.

Paragüitas y las Marimondas del Barrio Abajo. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Paragüitas y las Marimondas del Barrio Abajo. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI


Desde entonces, he querido seguirle el rastro a ese ‘mantra’ popular que los costeños pasan de boca en boca en las conversaciones de esquina, con tantos significados como es posible. Es un símbolo tan poderoso que ha flotado por décadas a través de los chistes radiales del Viejo Miguel y del repertorio cómico del juglar José María Peñaranda, y que, a la vez, ha ascendido rampante, desvergonzado, hasta en el jolgorio del Carnaval de Barranquilla, reconocido culturalmente por la Unesco.
Siempre ha habido una necesidad de ponerle nombre: ‘pipí’, ‘chimba’, ‘guasamalleta’, los italianos le dicen ‘catso’ y los japoneses, ‘chimpoko’… en la Costa colombiana, el pene es ‘la  mondá’.
Pero su significado también depende de las circunstancias y va más allá de lo carnal. “Eso es mondá” califica algo como negativo, mientras que “eso es la mondá” se usa para expresar totalmente lo contrario. Lo bueno y lo malo se puede medir con la misma regla.

¿Por qué el pene es protagonista y no, por ejemplo, la vagina, que el hombre ha anhelado desde que es hombre, y a la que el parlache también ha rebautizado con tantos seudónimos? Fui al corazón de Barranquilla, el Paseo Bolívar, a encontrar explicaciones.
“¿Sabe por qué, mi amigo? Es que aquí la ‘mondá’ es sagrada”, afirma Heriberto Escorcia, un vendedor ambulante que recorre los pasajes del centro desde hace más de 30 años, quien siente que el uso del modismo a diario lo define como costeño: “Es que no es una mala palabra, vea que así se llama un guineo, y acá la usamos para todo, pero en otras regiones creen que es un insulto y qué, si allá dicen ‘chimba’”.
En su carrito esferado, el soledeño vende figuras coloreadas en icopor a 2.000 pesos, que la gente cuelga como decoración en sus casas. Sobre la repisa, esperan comprador los personajes de la Barbie, Cenicienta, el sheriff Woody y, entre ellos, se destaca un falo con cresta y ojos desorbitados.
-Ah, ¿ese? Ese es el Pájaro Macuá-, me cuenta Escorcia. Su hija, que lo acompaña, se ríe de las preguntas del cachaco.
El animalito, al que le atribuyen poderes para atraer el amor y la prosperidad, es una de esas formas escuetas en que la ‘mondá’ salta a los ojos cuando se camina por las calles de la ciudad, que por estos días está encendida preparando su carnaval, que celebrará en febrero.

El origen más lógico de la palabra viene del verbo “mondar”, que significa pelar. Pero los costeños decidieron acoger otra teoría, más colorida: dicen las leyendas locales que la palabra cobró vida como consecuencia del encuentro de dos mundos, cuando las prostitutas francesas llegaban al Caribe para buscar fortuna en los burdeles con los comerciantes y se encontraban con la privilegiada constitución física de los negros.

Pero si esa es la explicación, algunos estudiosos atribuyen ese ‘atractivo turístico’ a otros visitantes.

“La United trajo a la región a un personal jamaiquino para trabajar en las plantaciones de banano, eran muy grandes y muy fuertes; los fines de semana se ‘mamaban’ en ron todo el billete y cuando llegaban donde las buenas chicas, se bajaban los pantalones y ellas solo podían decir ‘¡Mondieu!’”, cuenta el escritor Luis Guillermo Martínez en el documental ‘La mondá’, que produjeron Andrés Vega y Elkin Ramos en el 2012, y es uno de los primeros acercamientos documentados a la etimología de la palabra.

 

Mondá en Carnaval
En la búsqueda de los pasos de la mondá, llegué a Cesar Morales, ‘Paragüita’, ‘mamador de gallo’ por vocación, que desde hace más de tres décadas decidió disfrazarse de marimonda para esta fiesta y la máscara, que como el Pájaro Macuá también lleva la mondá en la cara, se apoderó de él para siempre.
Retomó ese personaje popular casi extinto que inventó hace más de un siglo, afirma, “un man ‘llevao’, sin billete, auténtico ‘mamador de gallo’ barranquillero, para criticar a los dirigentes y las corbatas de esa época, y por eso quiso darle a la máscara esa forma fálica”.

Luego de que ‘Paragüita’ empezó a desfilar con el atuendo, se le unieron más marimondas, y en 1984 conformaron una de las comparsas más importantes de la historia del Carnaval de Barranquilla, con más de 900 miembros, entre ellos 80 extranjeros poseídos por el espíritu de la máscara.
“No sé qué vaina tiene esta careta que te la pones y te hace bailar así, haces lo que se te antoja”, explica Morales, contador pensionado de Telecom, mientras se sacude en una silla, ayudado por un bastón que lo acompaña desde hace unos años.

A la puerta de la casa de ‘Paragüita’, en el tradicional Barrio Abajo, golpea el aroma a sancocho de jurel que sus vecinos cocinan todos los días en grandes ollas afuera, en la calle. El calor barranquillero hace que la gente salga a buscar la brisa y saque los parlantes al andén, para sentarse a ver pasar la gente, echar piropos, arreglar el país y, de tanto en tanto, echar chistes sobre la mondá.

Paragüitas posando para el fotógrafo. Joaquín Sarmiento/Archivo FNP

Paragüitas posando para el fotógrafo. Joaquín Sarmiento/Archivo FNPI

Algunos fueron consignados para siempre en un clásico de los años 60, cuando el llamado ‘rey del relajo’, José María Peñaranda, quien es mejor conocido por esa pieza del folclor patrio que es el porro ‘Se va el caimán’, le entregó el máximo tributo musical que le han hecho: la ‘Ópera del Mondongo’, de la que se desprende ‘La mondá pelá’, un descarado éxito vallenato que retrata las vivencias sexuales de su miembro viril.
Sus discos, que hoy son joyas de colección, llegaron incluso a otros países en los años 70, pero para el interior del país, Peñaranda es solamente el hombre detrás del caimán.

“Es que ¡si Ramón tiene, Ramón-dá!”, recita entre ocurrencias Wilfrido Escorcia Salas, otro de esos personajes míticos de Barranquilla, quien caracteriza la comparsa del Descabezado y fue Rey Momo en 2009. Para él, la ‘mamadera de gallo’ y el carnaval son algo fundamental en la Costa, porque ahuyentan los problemas.
“Aquí esto es puro goce, que no se pagó el agua, la luz, el teléfono, no importa, porque estamos en carnaval”, afirma.

En medio de los desfiles de febrero, cuando la ‘mamadera de gallo’ de los Congos, la Farotas, las Negras Puloy llega a su punto más acalorado, la mondá aparece en las comparsas. Algunos Congos, por ejemplo, reemplazan sus machetes con falos, y las Farotas, que son hombres que se disfrazaron de mujeres –emulando la leyenda de un grupo de guerreros indígenas que usaron esa estrategia para acabar con una tropa de españoles-, corren a apretarles los genitales a quien se encuentren por su camino.

“Ese es un chiste típico, uno medio le agarra así rápido la mondá al otro y le dice, ‘hey, ajá, la llevas muerta’, pero eso es así entre machos, ¿me entiendes?”, me explica el otro Escorcia, el vendedor ambulante.

– Ajá, y parecen maricas ¿no?- replica su hija. Él tan solo ríe entre dientes.

 

Guerra de poderes

En el 2010, el artista plástico cartagenero Dayro Carrasquilla emprendió un experimento que luego fue expuesto bajo el título de ‘La mondá’ y ‘Per peri periferia’: grabó a mujeres cabeza de familia que viven en la periferia de Barranquilla, que hablan de su vida, son frenteras y no necesitan a los hombres, y que, paradójicamente, utilizan la palabra ‘mondá’ para reafirmar sus palabras.

“Esto mostraba que no necesariamente tienes que tener una ‘mondá’ para poder tener el dominio de las cosas”, cuenta Carrasquilla, quien luego de grabar los clips, los reproducía de nuevo en un carro de perifoneo por las calles. Cuenta que la gente reaccionaba de muchas formas: unos se reían, otros se molestaban, ante la extraña sensación de oír a las mujeres gritándola a los cuatro vientos.

Vendedor callejero mirando la mondá. Barranquilla, Colombia. Joaquín Sarmiento/ Archivo FNPI

Vendedor callejero mirando la mondá. Barranquilla, Colombia. Joaquín Sarmiento/ Archivo FNPI

Ante el dominio de la mondá, hay voces que reclaman el derecho de la chocha –su ‘contraparte’- a gozar por igual. La comparsa carnavalera de ‘La puntica na má’, una célula divergente que conforman casi 100 personas, entre artistas y jóvenes de la clase media alta de la ciudad, coronó recientemente como su capitana para este año a la samaria Li Saumet, cantante de la banda de electrocumbia Bomba Estéreo.
“Después de tantos años de punteo, ella –la chocha- sale a mostrar su poder y nos invita a que abran sus piernas a la libertad y al vacile, a que salgan rayos de luz de esa cueva oscura, porque ella misma lo ha pedido. Ella, la fluorescente, los salvará”, decretó Saumet en la lectura del bando, ante un grupo de bohemios barranquilleros que la vitoreaban, en una hacienda playera en Salgar.
No les resultará nada fácil. El imperio de la ‘mondá’ sigue latente en Barranquilla: es sagrada, es buena y es carnaval. Eso, depende del punto de vista, es ‘mondá’ o es la ‘mondá’.