“Chela y Richi: dos barranquilleros fuera de este mundo”

 

Catalina Holguín (Colombia)

  Llego a casa de Chela y Richi guiada por una pista sencilla: ella era carnavalera y ahora es Testigo de Jehová; Richi es gay, cumbiambero, pelionero, esquinero, recochero y marihuanero (pero, shhh, ¡no le digas a Chela que se enoja!) y si ha de morir ojalá sea después de Carnaval. Voy tras la pista de los cristianos que rechazan el desorden previo a la Cuaresma, tratando de entender el Carnaval desde afuera, por el reverso y la costura. Encuentro, en su lugar, a dos hermanos barranquilleros entrados en años que me revelan una alegría caribeña que no depende del bochinche y la maraca; entro por segundos a un territorio sutil de barranquilleridad. Ésta es una historia mínima.

Chela y Richi en su casa. Barranquilla,Colombia. Edwin Padilla/Archivo FNPI

Chela y Richi en su casa. Barranquilla,Colombia. Edwin Padilla/Archivo FNPI

Me advierten que Chela es una apasionada del durazno, pariente lejano del mango biche con sal. Me aprovisiono de frutas importadas de Chile para caerle bien, pero pronto descubro que mis prevenciones son cosas del interior. En Barranquilla a la gente le gusta hablar.

—¡Ajá! ¡De esto no te voy a dar!—dice Chela a su hermano Richi al recibir las canasta de frutas.

Él se columpia en una mecedora de fibras elásticas en la terraza, la esquina ideal de este apartamento para ablandar silla y soltar lengua. Los vecinos conversan de balcón a andén y por la fachada del edificio Quijano Rueda sube y baja un canasto de encomiendas para evitar el trámite de la escalera. En Bogotá sólo aparecen los vecinos para hacer reclamos.

Estamos en el emblemático barrio Las delicias, atravesado por la Avenida 72, calle por la que alguna vez pasara la Batalla de Flores, uno de los desfiles más importantes del Carnaval. Los almacenes de telas El barato y Jorge Arabia despliegan en las vitrinas metros de textiles coloridos cubiertos de lentejuelas que brillan con el reflejo del sol. Del techo de una caseta cuelgan collares de flores plásticas y camisetas de un material plastificado multicolor que pondría a sudar a un santo de piedra. Las filas de buses pasan, los bancos están abiertos y las ferreterías despachan. Todavía no empieza la fiesta.

Chela se arregló para esta visita. Tiene 69 años, pero su vanidad y coquetería le hacen trampa a la cédula. Lleva una camisa vinotinto con escote abierto, falda crema de tela ligera arriba del tobillo y los labios de un cereza profundo. Su pelo es una corona blanca erguida que va oscureciendo a medida que se acerca a la nuca, un toque de Familia Adams que suma a su originalidad silvestre. Ésta no es una de esas abuelas de pelo blanco, escaso y laboriosamente abombado. De hecho, ni siquiera es una abuela.

Graciela Isabel Zapata y Ricardo son los hermanos mayores de una camada de seis criados por Luis Felipe Zapata Pimienta y Calixta Yance de Zapata, una mujer que parece imponerse en el recuerdo de todos por sobre el abuelo. Sergio, nieto de Calixta y sobrino de Chela y Richi, la recuerda como una “mujer grande que fumaba Pielroja con la chicharra encendida dentro de la boca cuando degollaba gallinas con sus manos”. Por los días de Carnaval, cuenta Chela, Calixta cosía disfraces para todos los hijos con la plata que dejaba el papá. De la Singer de pedal salían conejos, indias y vaqueros. Chela recuerda un disfraz de gitana, cuando su mamá le amarró una tela de satín rojo en la cabeza y de la frente le guindó monedas de cartón forradas de papel brillante. Con los años Chela pasó de gitanita española a campesina, hasta que abandonó el disfraz y se quedó con una única pinta carnavalera: pantalón, camisa de colores y un sombrero.

—Oye, es que si uno se va provocador se mete en un lío. Tú acuérdate, si te cogen una teta tú no dices na’. Si te cogen el culo, tú no dices na’ porque tú formas el problema y ahí es cuando te roban—aconseja Chela, como explicando por qué a carnavales llevaba siempre un atuendo sencillo.

—Yo me disfrazaba de hippie—dice Richi.

—No era mucho lo que te tenías que poner—apunta Chela por debajo.

Chela es soltera y comparte casa con su hermano Richie, discípulo de La Troja—legendario templo del bololó salsístico—,  practicante asiduo de raja yoga y coleto por descripción propia. El coleto, en Barranquilla, es el diferente, el artistoide, el mechudo, el que sopla drogas. Richie, tan solo tres años menor que Chela, lleva una camisa negra del Carnaval con un esqueleto estampado al frente, pantaloneta caqui y una chiverita debajo del labio que acentúa su sonrisa permanente. Si ella trata de contar una historia, él la interrumpe. Y si él habla, ella lo descalifica con muecas y un vaivén de su mano.

—Oye, Chela—pregunto—¿cómo haces para vivir con este hereje?

—Ella sabe que yo hago mi meditación por la mañana y no me molesta—interrumpe Richi—y cuando ella sale a predicar yo le miro si lleva bien puesta la falda, ¿sabes?, y le recuerdo que ya es hora de salir.

Desde hace 22 años Chela abandonó el Carnaval y agarró de parejo a Jehová. Desde entonces renunció al mundo. Así clarito lo dice: “Yo ya no soy de este mundo”. Como miembro de la iglesia de los Testigos, Chela aplica lo que predica: no más trago, no más fiesta y no más carnaval. Su renuncia está acorde a la posición de distintas facciones cristianas de Barranquilla, que tildan el Carnaval de fiesta satánica y pecaminosa, extendiendo los desmanes de la fiesta a todo el evento. Según Chela, el origen etimológico de la palabra ya revela la esencia satánica de la fiesta. Me dice que Carne + Baal = Carnaval. ¿Si ves?

El Centro Bíblico Internacional es una de las iglesias cristianas más grandes de Barranquilla. Cuenta con cinco mil fieles en la ciudad, 35 sucursales en el territorio nacional, además de España y Estados Unidos. Según el pastor Julio César Amador, esta iglesia rechaza las manifestaciones musicales que no sean “cristocéntricas”. Su identidad Caribe es secundaria, ya que no hay cultura que esté más arriba o sea más grande que la cultura de Jesús. “No hacemos nada que no exalte a Dios”, dice Amador. Como la fiesta abarca toda la ciudad—la consume como una llamarada de éxtasis—la única forma de evitar el carnaval es huyendo de Barranquilla. El CBI organizará retiros espirituales para jóvenes ese fin de semana donde les enseñarán, entre otras cosas, cómo asumir su sexualidad. “Unción extrema” se llama el de este año y contará con la presencia de Chiky, Eduardo y Jorge. En el afiche promocional de CBI los pastores llevan atuendos militares al estilo Rambo pero en la Guerra de Irak. Entre llamaradas, estos pastores guapetones anuncian un evento sísmico.

A diferencia de las iglesias cristianas, la Iglesia Católica apoya inequívocamente el carnaval. De hecho, monseñor Jaime Jaramillo bendijo a la reina del carnaval Daniela Cepeda Tarud el pasado mes de septiembre. Ese mismo mes ella hizo parte de la Catedratón, evento que busca recolectar fondos para la construcción de nuevos templos. Un comunicado de la Arquidiócesis del Atlántico pone en claro la posición de la Iglesia Católica frente al carnaval, pero sobre todo, frente a los cristianos. Afirma el presbítero barranquillero William Pino: “El carnaval no es malo, mala (sic) son algunas expresiones anticulturales y por lo tanto antisociales que necesitan conversión”. El choque entre ambos bandos pareciera revelar la expansión del cristianismo en Colombia y la decreciente influencia social de la Iglesia Católica. Según el Consejo Evangélico de Colombia, hay siete millones de cristianos en el país y alrededor de seis mil congregaciones distintas.

Richi en su casa. Barranquilla, Colombia. Edwin Padilla/Achivo FNPI

Richi en su casa. Barranquilla, Colombia. Edwin Padilla/Achivo FNPI

Durante los días de carnaval, Chela se encierra en la casa con provisiones de alimentos para cuatro días y libros para entretenerse. Ni siquiera prende la televisión. Desde adentro oye la pólvora y el bochinche. Según Richi, ella perdió mucha alegría al distanciarse del carnaval, se convirtió en otra. Según ella, su fe es simplemente una nueva etapa de su vida en la que rigen otras prioridades.

—¿Y no te hace falta el carnaval?

—No—responde Chela tajantemente.

Insisto con mis preguntas, buscando una grieta a su rechazo, o al menos un matiz a las afirmaciones absurdas de los bandos de cristianos y católicos radicales. Pero nada sucede hasta que llega Zulu, el fotógrafo, como un ángel providencial. De repente, Chela dedica toda su atención a dar instrucciones para que se vean sus pulseras, para arreglarse el pelo, para que la sonrisa calculada parezca espontánea. Olvida que no lleva puesta la prótesis del seno derecho, pero es tan decidido su ataque a la cámara que ni el fotógrafo nota la ausencia en su pecho ni ella se acuerda del vacío que dejó un cáncer hace nueve años.

Se ha olvidado de ella misma finalmente. Encuentro una apertura.

—Qué música te gusta, Chela—pregunto mientras le toman fotos.

—La del Joe—contesta con naturalidad, como cuestionando la posibilidad de que a alguien no le guste la música de Joe Arroyo. Se podría afirmar, sin riesgo a equivocarse, que La mini-mini, Rebelión y Tania son poco “Cristocéntricas”. Afortunadamente, Chela no ha sucumbido a la cruel e inútil prohibición de comulgar con la música popular. Ella no habla con la palabra de los fanáticos desfogados. Sospecho que sus actividades de predicadora de puerta en puerta—una disposición fundamental en la práctica de los Testigos de Jehová—están muy azuzadas por su gusto a hablar y a estar con la gente.

A su propia mención del Joe, Chela se enciende con el recuerdo de la muerte del cantante y empieza a botar un rio imparable de recuerdos: Richi se había patatusiao y estaba en la Clínica La Asunción, la misma clínica donde estaba internado el Joe, pero nadie sabía y no había nadie. En esas salen a comerse un quibbe en la calle y Chela ve que está la móvil de RCN y  otra de Caracol. Acababa de morir el Joe. Corría el día 27 del mes de julio de 2011. La clínica se llenó y ya ni dejaban entrar a Mariluz, la controvertida esposa del Joe a quien acusan hoy día de empujar al cantante a su muerte.

—Con una amiga nos fuimos a predicar, pero ¡qúe, va!, ¡en ese bololó quién iba a pararnos bolas!—exclama carcajeándose—. Entonces nos fuimos a la procesión.

Para el sepelio del Joe los barranquilleros se botaron a la calle. Salieron las tamboras, los grupos de millo, “una negra con un picó gigante que reventaba canciones del Joe y otras negras en zancos”, dice Richie emocionado. Zulu complementa el recuerdo contando que casi lo aplasta una la multitud dentro de la catedral tan pronto entró el ataúd del cantante.

—Eso fue como un carnaval, Chela. Estuviste un carnaval.

—Pues sí—dice sin arrepentimientos. Pues sí.

A unas cuadras de su edificio en la 71 con 41 se alza el estadio Romelio Martínez, icono del carnaval. Pancartas de cerveza Águila lo cubren por completo en preparación para la Lectura del Bando, que ocurrirá esta noche y dará inicio oficial a las carnestolendas. A sus faldas, un mercado artesanal ofrece perendengues, accesorios de la Negrita Puloy, máscaras y bastones de monocuco, dijes de cerámica con toritos, cabezas de tigre, cebras africanas. Un viejo vende peto caliente, una mujer pasteles de choclo. Es el sitio para llevar el suvenir: acá están los tenderetes para completar el disfraz callejero, el adorno espontáneo para unirse a la fiesta desde ya. Ahora. A dos semanas de que inicie el carnaval. A un lado del estadio baja una avenida adoquinada por la que transita el Transmetro y en la intersección con la 72, se alza una estatua de un hombre moreno, grande como su voz, con la cadera quebrada y la clave en las manos marcando el ta-ta-tá del carnaval eterno de los barranquilleros.